1.3.08

Palabras de cierre


He recordado (hace unos minutos (que con el correr de los mismos serán horas, días, años)) el discurso que pronuncié, en el mes de enero (2007), a modo de cierre de cinco años de estudios de licenciatura, ante mis compañer@s de titulación de periodismo, sociología, sicología y trabajo social, cuerpo académico y auxiliar de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de La Frontera (Universidad pública de la región de La Araucanía-Chile).

En el celebro la vida de Matías Catrileo, repudiando su vil asesinato.

Su figura y acción me permite elaborar una estructura narrativa que sustenta y conforma dicho discurso, basado en ciertos principios que estimo imperecederos.


Si me permiten, lo presento:



Queridos compañeros y compañeras, queridos profesores y profesoras, estimados auxiliares, trabajadores y trabajadoras, autoridades, padres y madres.

Comienzo brindado un sentido homenaje a Matías Catrileo Quezada, asesinado vilmente por las balas del poder.

Solicito un aplauso en su memoria.


“Vivimos la economía del desprecio y el exceso, la economía de la acumulación. Siento horror por todos los oficios. Amos y obreros, todos ellos rústicos, innobles, sobretodo los amos/ la mano que escribe es igual a la mano que ara. Yo nunca tendré manos./ Después la domesticidad lleva demasiado lejos”; letras pronunciadas, hace algún tiempo atrás, por Jean Arthur Rimbaud.


En la era y en la sociedad del trabajador, tanto en su versión socialista como capitalista, todo se ha transformado en un asunto de manos, o mejor dicho, la mano es la imagen de este tiempo aplicado a doblegar y a uniformar los procesos de la existencia. Es la mano asociada a la herramienta, no la mano que toca un cuerpo para acariciarlo, ni la mano que sostiene la frente para despejar el pensamiento, tampoco aquella mano que levantamos para mirar más lejos y caminar, la mano de la ventura, la mano de Matías Catrileo Quezada, por ejemplo. Es decir, son sus manos, las de Matías, las que no se mueven bajo el sino del dominio y la productividad; Desear el oro pero rechazar el proceder de la riqueza expresada en la fórmula: salario, precio y ganancia; repudiar la idealización del homo faber. En Matías hay una crítica, el rechazo a la militarización del territorio histórico del pueblo mapuche, a la instauración de un régimen permanente de vigilancia y terror policial. Esta sucede bajo un impulso montaraz y demoledor, es una revuelta individual en un todo colectivo, en la trama del bosque y bajo la extensión del sol. Su silenciar es macabro, pasmoso, inconcebible.

¿Cuál será el siglo que vivamos? El de Camus fue el del miedo, quizá el nuestro se vislumbra como el del terror. Cabe entonces preguntarse ¿Qué hacer para intervenir frente a tan sombrío e incontrarrestable presente y eventual futuro? Pensar que el mundo es inacabado, nos puede ayudar, que se construye en la medida que lo construimos, es una conjetura con cierto asidero, sin embargo demasiado pedante, para mi gusto.


¿Cómo accionar, entonces? ¿De qué asirse? ¿En qué creer? Algunos como Hermann Broch, en Los inocentes, un acertado análisis de la Alemania prehitleriana, señalan que hay que presentar al hombre en su totalidad, en toda la gama de sus posibles experiencias, desde las físicas y sentimentales hasta las morales y metafísicas. Se hace necesario, además, recurrir al elemento lírico, pues sólo él es capaz de ofrecer la precisión requerida”. A mi la totalidad no me satisface del todo, ello debido a que, especulo, ha sido imaginada para darle un sitial a Dios, aquel Dios de la Culpa áspera, un espacio de existencia vital, un lugar donde habitar; totalizadores hemos sido por demasiado tiempo, quizá sea el momento de ser particulares, específicos, reducidos, tan inmensos y pequeños como el sonido del aleteo de un colibrí en un oído cualquiera.


En este tiempo donde todo son restas y ultrajes, donde parece lícito agrupar a los emisarios de la ruina en insensatos ejércitos, ideologías feroces, mentiras letales o dogmas petrificados, respondemos con esta humilde pero esencial brújula: el hombre y la palabra libertad, el verbo y el sujeto en libertad, el hombre y el verbo que nacen y mueren liberándose. Ésta es humilde porque entiende que lo único importante es la restitución de lo sutil y de la belleza de las cosas, y saben junto al desdichado Horacio en el memorable Hamlet que: “hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que supone nuestra filosofía”. El abrir llano los ojos nos acerca a la meseta de la verdadera identidad propia.

Todo ser es único e intransferible y tan precioso como el sueño que escenifica. Hablamos del ser en camino, el que busca su espejo en esa zona donde todo es ritual, donde el relámpago al iluminarle lo parte en dos: amor donde están todos los amores, día donde caben todos los días, ficha faltante en el rompecabezas del tiempo, historia que acusa y delata todas las humillaciones. Y el algo, tal vez imperceptible, que el lenguaje común llama esperanza.


“Me he revolcado en el fango, me he enjuagado el aire del crimen y me he reído de la locura”, dijo un día el niño-poeta, llamado explícito a verdugos, agonías y fusiles, esto si bien no retrata en su entera dignidad la experiencia de lo concreto y efímero que es el deambular de un estudiante por aulas y pasillos de su Universidad, su ilusión nos llama a la reflexión.


De sus bocas, emergen Ideas que se liberan para impugnar a una sociedad que ha confiado demasiado en el olvido y que tantas veces ha caído en la emboscada de la esperanza. Altas y consagradoras voces que dibujan la geología de nuestra desesperación, el terrible arcoiris de los gritos, pero también los más fecundos paisajes solidarios; porque creen que la historia del hombre está aún por comenzar.


Sin duda cada generación se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no podrá lograrlo. Pero su tarea es aun más compleja: consiste en impedir que el mundo se deshaga.


En estos años he visto cómo los pueblos son llevados a negar sus ideales, he visto los comienzos de la adaptación, de los gestos prudentes, entendí que la esperanza era un instrumento del mal y que junto al imperativo categórico de Kant, la ética, no eran sino los criados dóciles de la subsistencia.

A veces es difícil no pensar que la historia instruye lo mismo que un matadero; que Tácito no mentía cuando dijo que la paz es la desolación que queda después de las operaciones decisivas realizadas por un poder inmisericorde.


Primer llamado: Exijan de los sórdidos Estados Capitalistas Burgueses que vuelvan sus ojos a los sufrimientos de los seres humanos. Quizá ninguno de éstos haga caso porque los afortunados y los poderosos necesitan de los pobres como espejo que refracte el brillo de su riqueza y su pompa, elementos que caben exactos en su par falsedad e ignorancia.

Segundo llamado: No dejar que las palabras -libertad y redención- que pervirtieron su significación, nos esclavicen. No permitir que felicidad se ofrezca como genérico y se mida con la capacidad de compra o, que dinero y su tenencia sirva a quienes lo poseen en exceso para disfrutar hasta el hartazgo las bondades, los placeres y las prerrogativas reales del presente y para que ellos mismos vendan la idea de que la carencia, en los miles de millones que no lo tienen, garantizándoles una vida eterna en un cielo que solo alcanzan con la muerte y de cuya existencia, con ese cúmulo de delicias, nadie ha dado testimonio y ni siquiera la más simple referencia. Uno no es nunca doblemente feliz, sólo es feliz o, doblemente triste, sólo es triste; por tanto, la acumulación no tiene sentido.


En este punto es lícito recordar el papel de la fábula en la aventura del Homo Sapiens sobre la faz de la Tierra, movido por el empeño inútil de ser lo que no es: un dios. Los hombres en la prosecución de este absurdo, han extraviado sus caminos e incurrido en todo género de tropelías y deslumbrados por el fuego fatuo de esta quimera, no han podido percatarse de que los dioses son la negación más aberrante de la condición humana. Un absurdo necesario, sí, pero absurdo al fin.


Tercer llamado: Recordar algo no del todo sin importancia: los detentadores del poder tienen las herramientas necesarias para controlar el lenguaje, y no sólo mediante la censura, sino especialmente alterando el significado de las palabras. O, en términos de Víctor Jara, “Es difícil encontrar en la sombra claridad, cuando el sol que nos alumbra descolora la verdad”.


Sólo las palabras son válidas, el trabajo-de-la-palabra es sublime porque es generativo, produce el significado que garantiza nuestra discrepancia -la manera en la cual somos como ninguna otra forma de vida-, por tanto, agradezco que me hayan permitido sentir como si yo fuera nadie -en el sentido que expresó Ulises cuando respondió al cíclope Polifemo- en esa misteriosa corriente llamada Grecia.


“Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”. Nosotros, que somos una sucia y malcriada poesía, tenemos la obligación ética de no cantar en vano.



Muchas Gracias…

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